LEE CON ATENCIÓN
EL MUNDO A MI MANERA
Me llamo Daniel y tengo 9 años. Dicen que tengo el rostro redondo y una sonrisa fácil, de esas que se escapan sin que uno se dé cuenta. Mi pelo castaño, rebelde, siempre se empeña en cubrirme la frente, como si quisiera esconder mis pensamientos.
Mis ojos son grandes y oscuros, pero no funcionan como los de los demás. A veces se quedan quietos mirando un punto invisible, otras se mueven despacio, como si fueran viajeros que no saben muy bien hacia dónde dirigirse. El mundo para mí no aparece claro ni lleno de detalles; se muestra borroso, confuso, como si estuviera envuelto en una neblina que nunca termina de levantarse.
No puedo leer letras pequeñas ni reconocer con facilidad el rostro de alguien a lo lejos. Por eso me apoyo en otros sentidos: el oído me regala pistas en cada sonido, y el tacto me abre caminos cuando mis manos recorren objetos, paredes o incluso la mano de quien me guía. A veces siento que escucho y toco con más intensidad que otros niños, como si mis sentidos quisieran regalarme lo que mis ojos no pueden darme.
Camino despacio, con cuidado, pero también con decisión, porque sé que mi mirada no me define del todo. Aunque mis ojos no miren como los de los demás, mi sonrisa siempre encuentra la manera de llegar a las personas.
Yo no veo el mundo como otros lo ven, pero lo siento, lo escucho y lo imagino de una forma distinta. Y en ese “distinta” también encuentro belleza.