LEE CON ATENCIÓN
“El ascensor de las horas invertidas”
Apenas crucé la puerta del edificio, noté que el ascensor no tenía botones. Solo un reloj colgaba en la pared, y sus manecillas giraban al revés. Decidí subir, aunque no sabía a qué piso ir.
Cada vez que el ascensor se detenía, el suelo se transformaba en agua y el techo en cielo, y yo flotaba entre ambos, sintiendo que mis pies se volvían peces. En un instante, escuché voces conocidas: mi madre recitando mi nombre mientras yo le respondía desde otra década.
Al abrirse la puerta, no era un piso, sino un cuarto lleno de puertas diminutas. Cada una llevaba a un momento distinto de mi vida, y podía atravesarlas sin envejecer ni perder la memoria. Al pasar por una, me encontré niño otra vez, jugando bajo la lluvia de relojes que caían del techo, todos marcando horas que nunca viví.
Intenté regresar, pero el ascensor había desaparecido. Solo quedaba la sensación de que el tiempo podía doblarse, estirarse o romperse como papel húmedo, y yo flotaba, riendo y llorando al mismo tiempo, consciente de que cada instante contenía todos los instantes.